viernes, 28 de octubre de 2011

Entre agujas y llantos.


Jenny (Izquierda) inyectando a Carolina, niña de 5 años.

“No llores mi amorcito, ya pasó”, dice Carolina Sánchez con voz arrulladora para calmar el llanto de su hijo Martín, que fue vacunado contra el sarampión y rubeola, en el Centro de Salud La Gasca. A unos metros de él está su hermana mayor, Carolina, que le dice a su mamá que la lleve a casa, no quiere ser pinchada.

Afuera del departamento de Vacunas espera Renato Vizcarra, junto a su esposa Mariela y su niño de siete meses. Ella está preocupada por su bebé, ya que todos los niños lloraban. “Ya mismo le toca a mi hijo”, comenta con cara de angustia. Cuando Vizcarra se disponía a entrar, salió la enfermera Jenny Pullango, quien comunicó que volverían a vacunar en media hora. “Tenemos que salir de brigada”, explicó Pullango mientras alistaba las jeringuillas y las ampollas que utilizaría.

Vizcarra se enoja un poco. “Pierdo un día de trabajo (es jornalero y gana 7 dólares al día) por traer a mi hijo acá y hacen esto. Bueno, ojalá vuelvan rápido”, dice calmándose. Él junto a 17 padres de familia les dicen a sus niños que no le teman a la aguja, mientras esperan el regreso de las enfermeras.

La Directora del Centro, Janeth Samaniego, se encontraba en su oficina en el tercer piso, dice que vacunan contra el Sarampión de 8:00 a 16:00. “En este tiempo vacunamos unos 140 niños diarios. Los infantes a los que les aplicamos la inyección deben tener de 6 meses a 5 años”, explica mientras golpea incansablemente la punta de su bolígrafo contra su escritorio.

Al retornar las enfermeras, rápidamente llaman a Vizcarra. Él se para con su bebé en brazos e ingresa a la habitación, ahí recibe la monótona orden de Pullango, “descubra el brazo izquierdo y pierna izquierda”, mientras alista la dosis de la ampolla. Al momento del pinchazo el padre del niño prefiere mirar hacia otro lado.

En segundos el bebé suelta un llanto ensordecedor y Mariela que se encontraba en la otra sala viene a consolarlo. “Ya mi corazón no pasa nada”, dice mientras le muestre su peluche favorito. Mariela admite: “cada vez que llora mi hijo siento una angustia”, dice queriendo derramar un par de lágrimas, pero admite que la vacuna es necesaria para su bebé y su familia.

Realizado por: Tayron Valarezo Eras.